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  • Yo también voy

    Ni respuestas ni destinos: Celia VE

    En mis conversaciones con Celia en torno a lo profano y lo divino siempre han sido más  habituales las dudas que las certezas. Y tras tantos años su lado, sé que este modo de abordar  el pensamiento y la propia vida está imbuido por la idea, que siendo muy joven hizo suya, de  que el arte tiene más que ver con el planteamiento de preguntas que con la consecución de  respuestas. El famoso “Juzga a un hombre por sus preguntas, en lugar de hacerlo por sus  respuestas” de Voltaire, o el “Las computadoras son inservibles. Sólo te pueden dar  respuestas”, atribuido a Picasso, impregnan su obra.

    Si nos atreviésemos a preguntarnos “¿qué es el arte?” la respuesta de “la computadora”, la de Google, cuya primera entrada lleva al diccionario de Oxford, empieza ya siendo insegura, pues  la precede la categoría de “nombre ambiguo”, para después enunciar: “Actividad en la que el

    ser humano recrea, con una finalidad estética, un aspecto de la realidad o un sentimiento de  formas bellas valiéndose de la materia, la imagen o el sonido”. Por otra parte, se trata de una  respuesta muy alejada de otras miles que se han dado a lo largo de la historia. Tomemos por

    ejemplo la de Hegel: “El arte es una forma particular bajo la cual el espíritu se manifiesta”. Son  definiciones que sólo sirven para abrir otras preguntas sobre el sentimiento, la materia, la  realidad, la forma, la estética, el espíritu… Si además tenemos en cuenta que hablamos de  fotografía, de la que se ha cuestionado incluso su categorización como una de las Bellas Artes,  se refuerza la idea de que sólo tenemos preguntas.

    Celia es una preguntona, una flâneuse de lo cotidiano, discreta detrás de la cámara, y si no  olvidamos la importancia que John Berger le da a los dos tiempos de la fotografía -el momento  en que se realiza y el momento en que se contempla- entenderemos cómo le encaja el título  de esta exposición a su quehacer. Ella quiere estar muy presente en ese primer momento,  cuando todo ocurre. Ese “grito” de “Yo también voy” es “yo quiero estar ahí, palparlo, vivirlo,  integrarme, peregrinar, sumergirme en esa experiencia para empaparme y aprehenderla  antes de registrarla, para decidir qué misterios quiero revelar, qué partes quiero iluminar de  una realidad ya luminosa de por sí, no con pretensión documental, antropológica, turística o  publicitaria, sino con un interés artístico”. No en vano, hace años se sorprendía de que casi  todas sus fotos premiadas eran fotos “de recuerdo”: de un viaje, de una comida, del perro de  un amigo o los hijos de otro. Es el valor de vivir el momento, más que el valor del objeto de museo. Más en estos tiempos, en que la Inteligencia Artificial ha noqueado a la fotografía,  pudiendo reproducir escenas no vividas.

    Porque, ¿hasta qué punto una romería de Andalucía y toda la parafernalia asociada a la misma  o la existencia de los puertos de trajineras de Xochimilco en México son ARTE en sí mismos?  La mirada de Celia es lo que da coherencia a una realidad aparentemente extraña o inconexa,  como hace Aby Warburg en su Atlas Mnemosyne, en el que al final las piezas encajan. Por eso  este proyecto que “enfrenta” el folclore de dos partes del mundo, de dos motivaciones  (profana y religiosa) tan aparentemente alejadas entre sí, es el germen de algo mucho más  grande, que tiene que crecer y florecer con otras ceremonias artísticas particulares que  comparten valores universales. Un arte ancestral, colectivo, social, popular, comunitario; que

    nace de la tradición, con sus protocolos, sus rituales, sus códigos, sus uniformes o sus  medallas, para identificar a los participantes, a los iniciados, a los “insiders”… Y de nuevo una  pregunta: ¿qué tienen en común estas situaciones? Desde su acercamiento, Celia VE: la  necesidad primitiva de cohesión social, de trascender mediante actividades que aglutinen a la  comunidad, en las que se pone de manifiesto la inteligencia emocional colectiva, con  ceremonias para dar y darse a uno mismo, en las que se crea un marco organizativo con todo  detalle, donde cabe después la espontaneidad y la fiesta; ya sea con la “excusa” originaria del  cortejo a una mujer o el culto a una virgen, actos espirituales en el sentido hegeliano del arte.  Y se siente conmovida estéticamente al percibir que el rito comienza con la primera flor de  papel, con la música, la luz, los colores, la artesanía. Una vez que ella nos presenta sus  fotografías, es imposible no ver las similitudes entre una trajinera mexicana y una carreta  sevillana, que ya no sirven como medios de transporte para trasladarse, llegar más rápido o de  forma más segura. Pero es que aquí se trata de disfrutar del camino, de hermanarse, de  festejar, de compartir. Celia VA. 

    Ella nos hace el regalo de compartir su mirada, para que queramos gritar “Yo también voy”. 

    Silvia Diezma

    (Mayo 2023)